El programa de almacenamiento en altura exigía un volumen de veinte metros frente a los once del edificio existente: un salto de escala que el proyecto resuelve buscando un lenguaje común entre ambos, enraizado en la industria textil que los dos representan.
La envolvente es la pieza que sostiene ese diálogo. Se desarrolla como una doble piel: una capa interior de policarbonato que introduce luz natural de manera homogénea en toda la nave, y una piel exterior de chapa microperforada que filtra la radiación solar directa. Dos materiales, dos comportamientos y una sola lectura desde el exterior.
Esa doble condición es también la que regula el edificio. La luz que entra reduce la dependencia de iluminación artificial; la chapa que la tamiza contribuye al control térmico del conjunto. La piel no reviste el edificio: lo hace funcionar.
Toda la envolvente se resolvió con un alto grado de prefabricación y modulación, confeccionada en taller y ensamblada en obra pieza a pieza, con la precisión que exige una fachada de esta superficie.