Proyectado por Marcelo Daglio Arquitectos y terminado en 2014, reúne en 3.200 m2 un hotel de 22 suites concebido a la vez como mirador del valle y como pieza de arte habitada.
El proyecto combina dos decisiones. Por un lado, un volumen puro, totalmente acristalado y con el mínimo de interrupciones, posado sobre un basamento de hormigón que lo eleva apenas de la cima y garantiza los 360 grados de vistas sobre la cordillera, el valle, los viñedos y el lago. Por otro, una cubierta de titanio cuyo diseño reinterpreta el significado del lugar —Millahue es «lugar del oro» en mapudungun— emulando los caprichosos perfiles y formas montañosas del entorno.
El edificio se organiza en torno a un patio central, entendido como un jardín zen de contemplación, alrededor del cual se disponen las galerías de estar y los conectores de distribución. Sobre las fachadas norte y sur se sitúan las habitaciones, que obtienen la intimidad necesaria y las mejores vistas a la cordillera y los viñedos; en las fachadas este y oeste se ubican los espacios de uso común —accesos, livings, galerías, biblioteca, comedor y recepción—, de modo que el paisaje se contempla de un lado al otro del edificio con una visión plena de transparencias.
Las 22 habitaciones se reparten entre suites y master suites, estas últimas situadas en las esquinas para ampliar la panorámica, y cada una fue intervenida por un artista distinto. El manejo sustentable de los recursos naturales y de las energías renovables, junto con la incorporación de tecnologías avanzadas, ha sido una preocupación constante del desarrollo: los materiales empleados —titanio, aluminio, acero, hormigón y cristal— responden a ese criterio de durabilidad y mantenimiento mínimo.
El titanio es el material que da identidad al conjunto: frente a la neutralidad del cristal y del hormigón, las bandejas de titanio se curvan y ondulan sobre la caja acristalada hasta construir un perfil continuo que dialoga con la línea de las montañas. Cada pieza exige un trabajo de taller y una colocación en obra ajustada a una geometría de doble curvatura, sin dos módulos iguales. Bajo la luz del valle, el metal pasa del plateado al dorado, y es esa piel —inalterable en el tiempo— la aportación reconocible del proyecto desde el paisaje.